Keiko Fujimori ha conseguido al fin acceder a la presidencia de Perú, conforme a los resultados definitivos del balotaje celebrado el 7 de junio y publicados por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) el lunes 29 de junio de 2026. Luego de un intenso recuento que se extendió por más de tres semanas, Fujimori, candidata del partido Fuerza Popular, obtuvo el 50,135 % de los votos válidos, lo que se traduce en un total de 9.223.396 sufragios, frente al 49,865 % de su contrincante Roberto Sánchez, representante de Juntos por el Perú, quien alcanzó 9.173.755 votos. La diferencia entre ambos candidatos fue de apenas 49.641 votos, un margen sumamente estrecho que resalta la polarización del electorado peruano.

Las tres claves del éxito de Fujimori en esta contienda

El triunfo de Fujimori puede explicarse mediante tres factores determinantes. En primer lugar, el movimiento antifujimorista, que durante años había logrado una significativa cohesión para derrotar a la candidata, ha visto una disminución en su fuerza. Las derrotas previas de Fujimori en las elecciones de 2011, 2016 y 2021 se deben en parte a la unidad de un electorado diverso que se oponía al legado de su padre, Alberto Fujimori, debido a su pasado de corrupción y violaciones de derechos humanos. Sin embargo, la reciente muerte del expresidente en 2024 parece haber llevado a una fragmentación de este bloque. Según el politólogo José Incio de la Pontificia Universidad Católica del Perú, el rechazo hacia el fujimorismo ha perdido impulso, lo que favoreció a la nueva presidenta.

En segundo lugar, la inestabilidad política que ha permeado Perú en la última década ha generado un desgaste significativo en la población. Con ocho presidentes en sólo diez años, los electores han manifestado un deseo de estabilidad y orden; una necesidad que Fujimori supo interpretar con su lema de campaña 'vuelve el orden'. Este fenómeno se ha desarrollado después de incidentes políticos tumultuosos, como la destitución del presidente Pedro Pablo Kuczynski en 2018, que mostró un uso excesivo de los mecanismos constitucionales para desestabilizar el Ejecutivo. Esta situación ha llevado a muchos votantes a percibir a Fujimori como una opción más viable, en contraste con la ideología más radical de su oponente, quien se vinculaba directamente con el controvertido gobierno de Castillo.

Finalmente, el componente de seguridad ha sido fundamental en la estrategia electoral de Fujimori, quien ha centrado gran parte de su discurso en la necesidad de adoptar medidas más estrictas contra el crimen. La inseguridad se ha convertido en una de las preocupaciones primordiales de los peruanos en este contexto. Con promesas que incluyen la participación de las Fuerzas Armadas en labores de seguridad pública, la creación de megacárceles y políticas enérgicas contra la delincuencia, Fujimori apeló a un sentimiento colectivo de frustración frente a la creciente criminalidad, ofreciendo una imagen de autoridad y control.

La combinación de estos factores llevó a que en esta ocasión Fujimori emergiera como el candidato que representaba, para muchos electores, el 'mal menor'. A diferencia de sus intentos pasados, donde el antifujimorismo contrarrestaba sus propuestas de forma efectiva, el contexto actual le ha permitido capitalizar el descontento general con la política nacional, convirtiéndose así en la figura elegida para liderar al país desde el 28 de julio.

Con su victoria, Keiko Fujimori no solo rompe un ciclo de fracasos electorales, sino que también retoma la relevancia política de su familia en un clima donde las promesas de control y orden parecen resonar fuertemente entre la población. A partir de ahora, los retos que enfrentará su gobierno serán significativos, ya que deberá equilibrar las expectativas sociales con las complejidades inherentes al panorama político actual de Perú.